¿Cuándo debería introducir los sólidos a mi bebé?

Desde hace años se sabe que la leche, sea esta materna o artificial, cubre de forma adecuada las necesidades de un niño sano hasta los seis meses de vida. Sin embargo, a partir de esa edad, la leche no es suficiente, por lo que resulta necesario que el bebé empiece a comer otros alimentos que cubran sus requerimientos nutricionales, dando paso a lo que conocemos como alimentación complementaria.

De forma práctica, esto quiere decir que llega un momento en la vida de todo niño en el que se tiene que enfrentar a nuevas texturas ya que, salvo la leche, la gran mayoría de los alimentos que comemos los humanos son sólidos o semisólidos.

La forma tradicional de comenzar con la alimentación complementaria desde hace cientos de años ha sido con purés o triturados en los que se mezclaba todo junto, ya fueran diversas frutas o verdura con carne o pescado. Y así, con purés y papillas, podían pasar meses hasta que a alguno de sus familiares se le ocurría que quizá había llegado el momento de ofrecerle algún alimento algo menos pasado por la minipimer y con una textura más sólida. Con un poco de suerte, el niño lo aceptaba de buena gana y antes de los dos años de edad habían conseguido que comiera “comida de mayores”. Pero si la suerte no hacía acto de presencia, era (y es) muy frecuente ver como algunos niños no comían otra cosa mas que una simple crema de verduras preparada en casa en la que no podía haber ni una sola hebra de una triste judía verde. Tampoco era de extrañar que a estos niños les costara Dios y ayuda tragar cualquier otro alimento que no tuviera la textura de un puré. Esta alteración en la que se tiene “miedo” a probar nuevos alimentos se conoce como neofobia.

Desde hace unos veinticinco años, existe otra forma de ofrecer la comida al niño ha ganado presencia y adeptos en todas partes del mundo. Se llama Baby Led Weanig (BLW) y seguro que ya la conocéis (nosotros publicamos un post sobre ella hace ya tiempo, link). Este método propone ofrecer a los niños desde los inicios de la alimentación complementaria, alimentos que sean capaces de masticar y tragar en forma de trozos enteros, respetando siempre su sensación hambre y saciedad y siendo ellos los encargados de agarrar los alimentos y llevárselos a la boca.

El BLW parece que adelanta a los niños a lo que la forma tradicional consigue llegar un poco más tarde: que los niños coman como adultos. Creo profundamente que la forma de dar de comer a niño debe ser elegida por los padres de tal forma que se sientan cómodos a la hora de preparar los alimentos y ofrecérselos a sus hijos. Tan válido puede ser el BLW como la forma tradicional si ambos, al final, nos llevan al mismo sitio.

Pero no perdamos el Norte, que este post trata de cuándo es necesario empezar con los sólidos en los niños. En el caso del BLW está claro que es desde el principio, pero ¿y en el método tradicional? ¿Cuándo deben los padres empezar a ofrecer sólidos o semisólidos a los niños?

El niño mayor que sólo quería purés y papillas

Decía hace unos párrafos que con mala suerte es probable que un niño que estaba siendo alimentado de forma tradicional rechazara los alimentos nuevos que no habían sido preparados en forma de puré o papilla. Sería un niño que come sin problemas una crema de calabaza pero que a la hora de ofrecerle una calabaza cocida la escupe o se la saca de la boca. También aquel que toma con gusto un papilla con naranja, manzana y plátano pero que no hay quien le convenza para que ingiera esos manjares sin triturar y por separado. Y no me estoy refiriendo a un niño menor de un año. Ese niño con rechazo a las texturas es muy probable que tuviera más de doce meses, incluso dos, tres o cuatro años.

Podríamos pensar que tampoco pasa nada. Que si al final toma los mismos alimentos en forma de puré o papillas y que, de forma milagrosa, tolera cuatro o cinco alimentos con otro tipo de texturas, dará igual, ya que la ingesta de calorías y nutrientes no tiene por qué ser muy diferente a la de un niño que ya come de todo. Por desgracia, esto no es así.

Está demostrado que los niños que toman durante mucho tiempo toda su alimentación en forma de purés desarrollan de forma más frecuente aversión tanto por alimentos nuevos (neofobia) como por texturas nuevas, además de estar más predispuestos a desarrollar obesidad en la vida adulta. Como os podéis imaginar, a la larga, estos aspectos tendrían una gran influencia en el tipo de alimentación que estos niños realizarían de mayores así como en su salud y calidad de vida.

Entonces, ¿cuándo le introduzco los sólidos a mi hijo?

Llegados a este punto, parece importante que, independientemente del método empleado para alimentar a un niño, los sólidos y semisólidos deban introducirse pronto para que éste no desarrolle una aversión a las texturas y nuevos alimentos.

Pero no penséis mal porque no se trata de pasar de un día para otro del cuenco de puré a una menestra de verduras o de una papilla de frutas a una macedonia. Aquí lo importante es que el niño reciba esas nuevas texturas antes de que llegue a un punto de no retorno.

En su último documento sobre alimentación complementaria, la Asociación Española de Pediatría recomienda aumentar de forma progresiva la consistencia de los alimentos, comenzando con texturas grumosas y semisólidas, no más tarde de los ocho o nueve meses de edad. Además, hay que tener en cuenta que a partir de los doce meses, no debería haber ningún inconveniente para que los niños comieran los mismos alimentos del resto de la familia, evitando siempre aquellos con alto riesgo de atragantamiento como los frutos secos enteros.

¿Y cómo lo hago? ¿Por dónde empiezo?

Un buen comienzo es triturar menos el puré de verduras o la papilla de frutas. Es muy probable que las primeras veces el niño lo rechace, así que no perdáis la esperanza e insistid a lo largo de varios días.

En cuanto a las verduras, también se pueden cocer durante más tiempo del normal para que queden muy blanditas y sea el niño el que las deshaga en la boca con poco esfuerzo. En cuando a las frutas, cuando están muy maduras son muy fáciles de chafar con un tenedor para luego ofrecérselas a vuestros hijos sin que hayáis tenido que triturarlas. Algo parecido pasa con las legumbres, que cuando están bien cocidas se pueden aplastar si no queréis ofrecérlas enteras.

Con el paso del tiempo, el niño irá cogiendo práctica y le será más sencillo comer cualquier tipo de alimento y textura. Es comprensible que tengáis miedo a que el niño se atragante, pero recordad que los episodios de atragantamiento no son más frecuentes en los niños pequeños que toman sólidos de aquellos que toman triturados.

Alimentos prohibidos por riesgo de atragantamiento

Lo que sí que tenéis que tener muy en cuenta es que hay una serie de alimentos que no podéis ofrecer a vuestros hijos pequeños ya que corren el riesgo de atragantarse al no poder masticarlos. De forma general serán todos aquellos que penséis que el niño no puede aplastar con las encías o con la lengua contra el paladar. De forma práctica, si veis que sois incapaces de machacar un alimento con vuestros propios dedos, no se los deis a vuestros hijos.

Hay muchos ejemplo a evitar, tantos que seguramente cualquier lista se olvidaría de alguno. Sirva esta como ejemplo de qué es lo que no debéis ofrecer a vuestros hijos:

  • Frutos secos enteros.
  • Manzana o zanahoria cruda.
  • Uvas, tomates cherry, aceitunas, cerezas o cualquier alimento redondo y pequeño sin cortar en cuartos.
  • Carmelos duros, gominolas o chicles.
  • Palomitas de maíz.
  • Salchichas.

La Asociación Española de Pediatría recomienda esperar hasta los tres años para que los niños puedan empezar con este tipo de alimentos, sin embargo, algunos pediatras prefieren esperar hasta los cinco o seis años para ello. De lo que no cabe duda es que, mientras sean pequeños, cuando vuestros hijos los coman deben estar supervisados.


En resumen, la introducción temprana de sólidos y semisólidos en la alimentación de un niño es necesaria para evitar conductas en las que los triturados se convierten en el único alimento que éste es capaz de comer. Además, con ello estamos potenciando un tipo de alimentación más variada y saludable como factor protector contra la obesidad en la etapa adulta.

La introducción de estas texturas más grumosas puede hacerse de forma progresiva, nunca más tarde de los ocho o nueve meses, evitando los alimentos con alto riesgo de atragantamiento. El objetivo debería ser que el niño comiera la misma comida que un adulto a partir de los doce meses de edad.

Bibliografía

  • Recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría sobre la Alimentación Complementaria 2018 (Link).
  • Learning to eat: birth to age 2 y (Link).
  • The Feeding Infants and Toddlers Study 2008: opportunities to assess parental, cultural, and environmental influences on dietary behaviors and obesity prevention among young children (Link).
  • The timing and duration of a sensitive period in human flavor learning: a randomized trial (Link).

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