Siete experimentos para entender cómo funciona la mente de los niños

¿A cuántos de vosotros os gustaría entender cómo funciona la mente de vuestros hijos? Me aventuraría a decir que a todos. No creo que exista ningún padre o madre que no se haya preguntado alguna vez por qué sus hijos han tomado una decisión o han actuado de una manera concreta. La ciencia que estudia los procesos mentales y la conducta es la Psicología; la Psicología Infantil trata de dar explicación a cómo se comporta un niño desde el nacimiento hasta la adolescencia. La gran diferencia entre la mente de los niños y la de los adultos radica en que en los primeros el cerebro está en desarrollo, lo que hace que las teoría psicológicas que se aceptan como válidas en las personas mayores no tienen por qué ser igual de apropiadas al aplicarse a niños.

Los pediatras no somos psicólogos aunque sí que nos enfrentamos a menudo a situaciones en las que entender cómo razona un niño nos puede facilitar mucho nuestro trabajo. Situaciones que no creo que difieran en exceso de las que se viven en casa cuando tenéis que explicar a vuestros hijos cuáles son las reglas a la hora de jugar con unos amigos o por qué hay que bañarse todos los días.

Como ciencia que es, muchas de las teorías que ha desarrollado la Psicología Infantil se basan en experimentos que tratan de encontrar una explicación o demostrar una hipótesis acerca de cómo razonan los niños. Como sucede con la gran mayoría de las teorías psicológicas, fue en el siglo XX cuando se llevaron a cabo estudios de gran relevancia acerca del funcionamiento de la mente de los niños, algunos de ellos con conclusiones que a día de hoy son válidas y que nos pueden ayudar a entender un poquito mejor cómo se comportan nuestros hijos o cómo debemos actuar ante ellos.

Existen multitud de experimentos, tantos que resultaría imposible resumirlos en un texto como éste, así que he realizado un selección de los que me han resultado más interesantes tanto para mi actividad diaria como pediatra como para mi trabajo a tiempo completo como padre. Algunos de ellos os parecerán divertidos, otros os dejarán de piedra por la crueldad de quien los diseñó, pero os puedo asegurar que ninguno de ellos tiene desperdicio. Solo espero que os sirvan para que entendáis un poco mejor cómo funciona la mente de vuestros hijos.

La prueba del malvavisco

Walter Mischel fue un psicólogo austriaco que dedicó gran parte de su carrera al estudio de la personalidad. Pero si hay un hecho por el que es recordado es por el experimento que se conoce como “prueba del malvavisco” o marshmellow (por su nombre en ingles), un dulce con forma de nube. Con este experimento consiguió demostrar cómo la capacidad de autocontrol cuando un niño es pequeño se relaciona con llegar a ser niños y adultos más competentes con el paso de los años. Fue realizado en la Universidad de Standford allá por los años 60-70 del siglo pasado. 

Los niños de este experimento tenían entre 3 y 6 años. En él, tras pasar al niño a una habitación, se le mostraba una golosina y se les decía que si era capaz de esperar 15 minutos sin comérsela, sería recompensado con dos golosinas en vez de una. Tras estas instrucciones, el investigador salía de la habitación y dejaba al niño solo ante tan apetitoso manjar. Solo el 30% de niños fue capaz de resistir a la tentación.

La conclusión más importante de este estudio fue que los niños que eran capaces de esperar más tiempo antes de coger el caramelo, al cabo de los años, eran descritos por sus padres como “más competentes”, cosa que se corroboró al comprobar cómo obtenían mejores notas en los exámenes de acceso a la universidad, eran más activos físicamente, ganaban más dinero con sus trabajos o eran menos propensos a desarrollar adicción a las drogas. En definitiva, lo que pone de manifiesto este experimento es que aquellos niños capaces de aplazar las recompensas y esperar con paciencia y autocontrol son más propensos al éxito personal.

En este video de aquí abajo puedes ver un ejemplo de cómo se realizó este experimento.

El experimento del muñeco Bobo

Seguro que habéis oído en más de una ocasión que los niños aprenden de los adultos observando cómo estos se comportan, de hecho, parte de su forma de actuar dependerá de lo que han visto en sus modelos de referencia, es decir, su padres.

Esta teoría se basa en los experimentos de Albert Bandura sobre el aprendizaje social. En ellos, este psicólogo de los años 60, demostró cómo los niños son capaces de aprender sin que medie una recompensa o un castigo hacia ellos por el mero hecho de observar la forma de comportarse de otras personas.

El experimento del muñeco Bobo se realizó con niños entre 3 y 5 años de la guardería de la Universidad de Standford y demostró parte de esta teoría. En él, un grupo de niños era expuesto a un “modelo agresivo” en el que un adulto golpeaba y agredía a un muñeco a la vista de un niño durante un tiempo determinado. Por otro lado, otro grupo de niños observaba como un adulto jugaba en la habitación pero sin agredir al muñeco. Tras este primer paso, el adulto salía de la habitación y se observaba cómo actuaba el niño al quedarse solo. La comparación entre los dos grupos dio como resultado que los niños que eran expuestos al “modelo agresivo” eran más propensos a golpear y agredir al muñeco Bobo.

En este video de aquí abajo puedes ver una explicación del Dr. Bandura de esta teoría.

Como decía, en esto se basa la teoría del aprendizaje social. Si los niños observan una conducta en un adulto, tanto buena como mala, es muy probable que la aprendan como un modelo a imitar. Por ello, es muy importante que, además de explicar a los niños las cosas que están bien y las que están mal, los adultos nos convirtamos en un ejemplo de buenos hábitos de vida para nuestros hijos.

El estudio Monstruo

Creo que el título que se le ha dado a este estudio ya nos anticipa que el experimento que se llevó a cabo con estos niños, a día de hoy, sería irreproducible. Fue realizado en el año 1939 por Wendell Jonhson y Mary Tudor en la Universidad de Iowa, época en la que poco se tenían en cuenta las implicaciones bioéticas de este tipo de trabajos. Los autores pretendían demostrar cómo un refuerzo positivo o negativo puede tener implicaciones en un niño, en este caso en niños tartamudos.

El estudio se desarrolló en niños huérfanos de 5 a 15 años, algunos de ellos tartamudos o con problemas del habla y otros sin este tipo de trastornos. A los niños tartamudos se les explicaba que no hablaban tan mal como la gente decía (refuerzo positivo) y a los niños sanos se les exponía que hablaban peor de lo que ellos creían y que estaban empezando a presentar síntomas de tartamudez (refuerzo negativo).

Lo interesante de este estudio fue observar cómo en niños sanos, a las pocas sesiones del inicio del estudio, rechazaban hablar en público o comenzaban con problemas de dicción. Con el tiempo, estos niños que inicialmente no presentaban alteraciones en el habla, mantuvieron problemas al llegar a la edad adulta y a lo largo de toda su vida.

Las conclusiones de este estudio no están publicadas en ninguna revista ya que, desde el mismo momento en que se iniciaron las investigaciones, la mayoría de los colegas de los investigadores de la época rechazaron los métodos que se habían empleado para realizarlo. Sin embargo, este estudio pone de manifiesto cómo el refuerzo negativo tiene muy poco valor en la educación de los niños, tan poco que es capaz de inducir conductas patológicas en aquéllos que inicialmente no las presentaban.

Monos, “mamás de trapo” y la teoría del apego

Tras el nacimiento de un hijo, los padres se dan cuenta de manera inmediata que los niños pequeños requieren unas atenciones sin las cuales no podrían sobrevivir: comida, aseo, un lugar donde dormir… además, de forma casi innata suponemos que tienen la necesidad de sentirse queridos como parte fundamental para su desarrollo. Esto es lo que se conoce como teoría del apego, corriente psicológica de principios del siglo XX que trata de explicar las diferencias entre las personas a través de sus relaciones interpersonales. El psicólogo John Bowly es uno de sus grandes teóricos.

Si pensamos en esta teoría, la gran pregunta sería: ¿qué elegiría antes un niño, una figura maternal fría y distante pero que lo alimenta o a una madre dulce y cariñosa pero que no puede darle de comer? Pues un psicólogo llamado Harry Hollow intentó dar respuesta a esta pregunta con un experimento con monos… y vaya que si la dió.

El experimento era muy sencillo. Tras el nacimiento de un grupo de monos, a las pocas horas de nacer, a estos se les separaba de sus madres de carne y hueso para introducirlos en una jaula en la que habían situado una figura de alambre que simulaba un figura maternal de la que podían “mamar” y otra que recordaba a una madre pero que trasmitía cierto grado de calidez al estar realizada en tela suave y mullida.

Lo que se observó en este estudio es que los monos preferían a la muñeca de tela a pesar de que de ella no obtenían alimento alguno frente a la figura de metal. Este experimento pondría de manifiesto cómo el apego hacia una figura que te proporciona un vínculo afectivo es más importante que la mera satisfacción de las necesidades fisiológicas y, seguramente, parte fundamental de las necesidades de desarrollo de un niño.

En este video puedes ver parte de los experimentos de Harlow con monos.

En mi opinión, estos estudios sobre el apego demuestran una responsabilidad que tenemos los adultos hacia los niños pequeños: es fundamental que dediquemos tiempo de calidad a nuestros hijos.

El pequeño Albert

Seguramente todos conocéis “los perros de Paulov”, el experimento que sentó las bases de lo que se conoce como condicionamiento clásico. En este estudio se observó cómo los perros acababan asociando el ruido de una sirena con la proximidad en el tiempo de la comida y comenzaban a salivar si con anterioridad se les había expuesto de forma repetida a la sirena y la comida a la vez. Pues allá por los años 20, los psicólogos estadounidenses Watson y Rayner se les ocurrió que quizá algo parecido pasaba con los niños y el miedo.

Sobre la base de esta hipótesis, expusieron a un niño de 11 meses, el pequeño Albert, a una serie de estímulos que no le daban miedo (animales con pelo, por ejemplo una rata) a la vez que golpeaban una barra de hierro con un martillo, lo cual por sí solo provocaba el llanto del niño. Con el paso del tiempo se observó como, al presentar objetos al niño que inicialmente no le provocaban miedo, el pequeño Albert empezaba a llorar con la mera presencia de una rata, lana o un abrigo de piel.

En este video podeis ver parte del experimento que se llevó a cabo con el pequeño Albert.

Creo que sobra decir que este estudio carece de cualquier ética y a día de hoy sería impensable su realización. Sin embargo, el compartimiento de los niños, al igual que el de los adultos y la gran mayoría de los animales, se puede condicionar en función de los estímulos que reciban de manera simultánea, tanto para bien como para mal.

Teoría de la conservación de Piaget

Jean Piaget fue uno de los grande psicólogos del siglo XX y sus estudios, a día de hoy, todavía influyen en muchas teorías sobre el desarrollo de habilidades y de la inteligencia en la infancia. Piaget pensaba que la adquisición de nuevas habilidades es fruto de una correcta estimulación sobre una base genética que todos presentamos. En este sentido, uno de los campos de estudio en los que más hizo hincapié fue en los procesos mentales de los niños para conocer en qué se diferenciaban de los de los adultos. Parte de su teoría acabó estableciendo una serie de etapas de desarrollo psicológico infantil las cuales irían apareciendo de manera secuencial.

Una de ellas es conocida como etapa preoperacional y ocupa aproximadamente desde los 2 y los 7 años. Durante esta etapa, los niños son incapaces de comprender la lógica de las cosas tal y como estamos habituados los adultos y no son capaces de manipular la información que tienen delante de sus ojos. Esto daría lugar en muchos casos a, como estamos acostumbrados a ver en niños de estas edades, pensamientos absurdos que difícilmente entendemos los mayores.

La conservación es un proceso mental por el que somos capaces de darnos cuenta de que el líquido que ocupa un vaso de agua es el mismo esté este dentro de un vaso ancho o ven un vaso estrecho, o que la plastilina es la misma sea esta una bola o la hayamos aplastado con las manos. Sin embargo, los niños en la etapa preoperacional no son capaces de diferenciar estos aspectos y es más adelante, en la etapa de operaciones concretas, cuando empiezan a tener pensamientos más lógicos, como es el caso de la conservación.

En este video de aquí abajo podéis ver varios experimentos con un niño pequeño en el que se observa cómo no ha adquirido la conservación como parte de sus procesos mentales. Es enternecedor.

Este experimento pone de manifiesto que la mente de los adultos y la de los niños “funciona” de forma diferente. Los procesos mentales de nuestros hijos son completamente diferentes a los nuestros lo que explica que muchas veces seamos incapaces de entender la lógica de sus deducciones o cómo nos explican alguna situación que han vivido.

El test de Sally y Anne y la teoría de la mente

Sin entrar mucho en profundidad, la teoría de la mente es aquella característica que nos permite deducir lo que está pensando otra persona o cómo va a actuar teniendo en cuenta su punto de vista, es decir, nos permite ponernos en el lugar del otro. Los niños no adquieren esta característica hasta los 3 o 4 años y justifica que antes de esta edad les sea muy difícil comprender las intenciones de otros niños o sus deseos al no ser capaces de ponerse en el ligar del otro.

Aunque existen varias pruebas para conocer si un niño ha adquirido ya la teoría de la mente, seguramente sea el test de Sally y Anne, desarrollado en 1983 por Baron-Cohen, el más conocido. En este test se muestra al niño una secuencia con dos muñecas. Una de ellas es Sally y  tiene una cesta y la otra es Anne y tiene una caja. En esa secuencia se observa como Sally coge una canica y la guarda en su cesta, desapareciendo después de la escena. En ese momento Anne coge la canica y la guarda en su caja. Cuando reaparece: ¿donde creéis que buscará Sally su canica?

Seguro que todos habéis pensado que en su cesta, ya que es donde la guardó inicialmente y allí es donde se supone que debería estar. Si es así es porque tenéis desarrollada la teoría de la mente y habéis deducido que Sally no conocía que Anne había cambiado la canica de lugar. Por el contrario, los niños pequeños que no han desarrollado esta capacidad no se ponen en el lugar de Sally ya que, para ellos, el único punto de vista válido es el suyo y contestarán que la muñeca buscará la canica en la caja de Anne que es donde ellos han visto por último vez a la canica.

En este video de aquí abajo podéis ver un ejemplo de este experimento.

La teoría de la mente refuerza la idea de que los niños razonan de una forma diferente a los adultos. Supongo que estaréis conmigo en que luchar contra esto e intentar explicar a un niño cómo funciona el mundo con nuestros conocimientos y punto de vista puede resultar una tarea imposible cuando son pequeños. Quizá por eso es tan maravilloso verlos crecer y desarrollarse.

El artículo original en el que Baron-Cohen y sus colaboradores describen el test de Sally y Anne lleva por título “¿Tienen los niños autistas una Teoría de la Mente?”, ya que se ha observado que una de las características de estos niños es la de no poder cambiar el punto de vista, motivo por el cual realizan este test como un niño que todavía no ha desarrollado la teoría de la mente.


Espero que esta entrada un tanto espacial os haya gustado. No os toméis al pie de la letra todo lo que he escrito ya que, como dije al principio, no soy psicólogo y parte de lo que habéis leído es mi opinión no experta de cómo “funciona” la mente de los niños. Sin embargo, conocer estos experimentos me hace plantearme muchas cosas en mi día a día con mis hijos y con los niños que atiendo como pediatra, lo que me motiva sobremanera para seguir estudiando su comportamiento.

Si realmente te interesa saber más sobre la mente infantil, permítete recomendarte a un par de psicólogos infantiles que realizan una labor divulgativa excelente. El primero es Alvaro Bilbao; tiene un blog que se llama El Cerebro del Niño y un libro que no tiene desperdicio que se llama “El cerebro del niño explicado a los padres”. El segundo es Alberto Soler, creador de un canal de Youtube que se llama Píldoras de Psicología; además tiene un libro muy interesante que lleva por título “Hijos y padres felices: cómo disfrutar la crianza”.

Bibliografía:

Estos link que tienes aquí abajo te llevarán a los estudios originales en los que están basados los experimentos que has podido leer.

  • “Delay of gratification in children” (link).
  • “Revisiting the Marshmallow Test: A conceptual replication investigating links between early delay of gratification and later outcomes” (link).
  • “Transmission of aggression through imitation of aggressive models” (link).
  • “Behavior theory and identificatory learning” (link).
  • “Effects of permanent separation from mother on infant monkeys” (link).
  • “Does the autistic child have a “theory of mind”?” (link).

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